14/7/2011
Por Ramiro Albrieu
A mediados del año pasado, cuando la recuperación mundial impulsada por masivas políticas de estímulo cumplía un año, el ministro de hacienda de Brasil, Guido Mantega, cuestionó severamente los efectos que dichas acciones de política estaban causando al mundo emergente - en particular en Brasil.
Dijo: “estamos en el medio de una guerra internacional de divisas”. Su intervención no fue meramente protocolar: acusaba a la disputa entre China y los Estados Unidos por la pérdida de competitividad de Brasil en los últimos tiempos, la reducción de su superávit comercial y la proliferación de signos de desindustrialización en su economía.
La queja de Brasil se enmarca en dos desarrollos relativamente recientes de la economía mundial. El primero se relaciona con la aparición de los emergentes como locomotoras mundiales. Este cambio disparó la demanda de materias primas. Y ello implicó un boom en los precios de exportación de los países de la región, que a su vez dio lugar a excedentes en la balanza comercial.
El segundo tiene que ver con las respuestas de política monetaria los países ricos a la crisis global. El relajamiento cuantitativo y la rebaja de las tasas de interés de política monetaria generaron una masa de liquidez que en plan de search for yield, inundaron los mercados emergentes.